3 de mayo de 2014

Desmitificando mitos


¡Saludos, aprendices!:

Hoy inauguramos LA SECCIÓN y, ya que estamos de estreno, me gustaría emplear el texto de esta semana en compartir con vosotros una de las primeras lecciones que he aprendido a la hora de ponerme a escribir esta página del cuaderno:

Escribir no es fácil —ya está, ya lo he dicho—. Por lo general se tiene una visión del escritor como ser iluminado, como ser dotado del don de la palabra que, sin dificultad alguna, es capaz de acumular a su alrededor rimeros de folios —usados, claro— y seguir, y seguir, y seguir escribiendo, por los siglos de los siglos. Yo he tenido que convencerme de que esto es mentira.
Mi tendencia natural hacia lo ideal y lo poético hace que una gran parte de mí se sienta atraída por esa imagen. Siempre he asociado la escritura a la capacidad innata, a la experiencia trascendente, a la máquina de escribir antigua, a la inspiración, a la bohemia, a París. El problema es que si pienso así, no escribo.
Mi realidad es que ni tengo una máquina de escribir antigua, ni vivo en París, ni nada de nada. Simplemente soy una persona a la que le gustaría escribir —ni siquiera me meto en el campo de «ser escritora»—. He escrito algún relato, pero casi siempre ha sido cuando ella me ha visitado, y soy consciente de que pretender que la inspiración me envíe una musa cuando yo quiera, que viva experiencias trascendentales cada día o que las palabras acudan a mi mente de manera casi inconsciente durante un año es, cuanto menos, algo ingenuo por mi parte.
Ante este problema la única solución que se me ocurrió fue cambiar mi visión: el escritor es un currante. Mucho menos interesante, lo sé. Sin embargo, al desmitificar el oficio me ha sido más fácil lanzarme al trabajo. Aunque sigue siendo difícil, ahora depende de mí. Ya no es la inspiración la que tiene que venir, ya no tengo que estar iluminada. Solo tengo que abrir mis sentidos y capturar esas imágenes, personajes e historias que están ahí —en el autobús de vuelta a casa, en la panadería de abajo, en el café del centro—, llegar a mi habitación, encender el flexo y ponerme a currar.




¿Qué pensáis vosotros, aprendices?, ¿sois de la idea del escritor iluminado o del currante?, ¿tenéis algún consejo que queráis compartir?

¡Hasta la próxima!