24 de diciembre de 2014

Noticias: Navidad


   ¡Hola, aprendices!:

   Hoy no toca relato normal porque hoy no es un día normal. ¡Hoy ya es Nochebuena! De hecho, no voy a volver a escribir hasta el año que viene (¡tomad cliché!).

  Quería aprovechar la ocasión para desearos unas felices fiestas. Espero que las paséis con las personas a las que queréis y que aprovechéis estas fechas para disfrutar de ellos y de vosotros mismos.

   También quiero agradeceros a cada uno de vosotros todas y cada una de vuestras visitas y todos los comentarios que me habéis dejado. Compartir lo que escribo y conocer vuestras reacciones e impresiones está siendo una experiencia preciosa. Muchas gracias por participar en este pequeño proyecto y por llenarme de ilusión para sacarlo adelante.

   Felices fiestas y feliz año nuevo. Espero que este sea un gran año para todos y que venga cargado de nuevas experiencias y felicidad. Un abrazo muy grande.




   PD: durante estas fechas publicaré las páginas de Mi cuaderno que correspondan. Más adelante, cuando acabe los exámenes, retomaré todas las secciones con total normalidad. ¡Mucha suerte a los estudiantes!

21 de diciembre de 2014

Mark Twain

 
   «Ahora que había comenzado, ella siguió por ese camino y me contó todo sobre el cielo. Dijo que lo único que allí tendría que hacer un individuo era pasearse todo el día con un arpa, cantando por siempre y siempre jamás. Así que yo no tenía muy buena opinión de ese sitio. Pero claro que no se lo dije. Le pregunté si ella creía que iría al cielo Tom Sawyer, y ella contestó que ni pensarlo. Eso me alegró, porque yo quería que estuviéramos juntos él y yo.»

Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain


   («Ve al cielo por el clima, al infierno por la compañía», M.Twain)

14 de diciembre de 2014

Mario Vargas Llosa


   Últimamente ando curioseando sus entrevistas. Al margen de apoyarlas o no, desde luego tiene unas ideas interesantes. ¿Qué pensáis vosotros? :)

https://www.youtube.com/watch?v=rd5GfWcLdco


10 de diciembre de 2014

Pide un deseo


-Pide un deseo-

—¡Pide un deseo, Carlitos!
El niño cerró los ojos con tanta fuerza que su cara entera se arrugó como si fuera un garbancito. Tenía claro lo que quería: «¡un avión, un avión, un avión!». Abrió los ojos y sopló las velas.
—¡Venga, venga, que ahora vienen los regalos!
Carlitos esbozó una gran sonrisa mellada y buscó con la mirada algún paquete que fuera lo suficientemente grande como para contener su avión, aunque todos parecían demasiado pequeños. Estaba convencido de que entonces su avión sería plegable —por lo que molaría mucho más—, así que se apresuró a abrir todos los regalos... Pero no encontró ningún avión.
Se fue a jugar de nuevo con sus amigos arrastrando los pies y cabizbajo, pero su abuelo lo agarró del brazo un segundo y le dijo:
—Haz que se haga realidad, Carlitos —Y miró hacia la pila de cajas vacías que habían quedado de los regalos.
Al nene se le iluminó la cara al entender la idea de su abuelo. ¡Iba a construir un avión! Carlitos pasó la tarde de su octavo cumpleaños construyendo con sus amigos el mejor avión de todos. Buas, molaba un montón. Tenía de todo: la hélice, las alas, el motor, los mandos de control, la cabina del piloto... Todos lo pilotaron y se lo pasaron en grande.
Esa noche los padres de Carlitos se quedaron recogiendo el salón hasta tarde. Había que retirar la mesa, barrer, ordenar los muebles... También tuvieron que despegar dos trozos de cartón pegados a cada lado de una de las sillas. Se rieron al recordar cómo el niño, emocionado, había pronunciado su deseo en voz alta y cómo había captado la idea de su abuelo para que construyera su avión con el cartón. Había sido un día memorable.

(…)

—¡Pide un deseo, Carlos!
Carlos cerró los ojos y pensó «quiero aprender a tocar la guitarra, quiero aprender a tocar la guitarra». Abrió los ojos y sopló las velas.
—¡Bien! ¡Felicidades! —gritaron todos al unísono.
—Toma, hijo, feliz cumpleaños.
Su madre le dio 50 euros. Perfecto, así podría salir las próximas cuatro semanas sin problemas. Metió el billete en su bolsillo, cogió el abrigo y se despidió de todos. Había quedado para celebrar el cumpleaños con sus colegas. Antes de salir su abuelo lo agarró del brazo un segundo y le dijo:
—Haz que se haga realidad, Carlitos.
Carlos esbozó una media sonrisa a su abuelo y se fue a reunirse con sus amigos. Por el camino pasó por una tienda de música y se paró pensativo ante el escaparate. «Oferta: guitarra clásica y funda por 48€». Se metió la mano en el bolsillo y tocó el billete, pero si gastaba ese dinero ahora no tendría más para pagarse la entrada del cine, ni para el resto de salidas del mes, así que retomó su camino y se encontró con sus amigos.
Estaba intranquilo en la cola del cine. La taquilla ya estaba cerca y no dejaba de pensar en la guitarra que había visto en la tienda. Uno de sus amigos le preguntó:
—Tío, ¿qué te pasa? ¿Seguro que quieres que entremos al cine?
Carlos les propuso ir a tomar algo en lugar de meterse a la película. Gastó 1'5€ y se lo pasó en grande charlando con sus colegas y contándoles que por fin pensaba aprender a tocar. A la vuelta entró en la tienda de instrumentos y se compró su guitarra, su funda y una púa. Ese mes Carlos no salió, pero cuando volvió a ver a sus amigos ya podía tocarles el cumpleaños feliz sin mirar la tablatura.

(…)

—¡Pide un deseo, Carlos!
Carlos cerró los ojos y no pudo evitar pensar en ella. Abrió los ojos y sopló las velas.
—Feliz cumpleaños, hijo.
Fueron juntos al sofá y su madre aprovechó para sacar el álbum de fotos familiar. Vieron las fotos de su octavo cumpleaños, las de su primera actuación, las de su graduación en el instituto, las de los primeros años de universidad... Carlos recordó lo fácil que era ser feliz antes, cuando era capaz de construir el mejor avión de todos en una tarde o cuando se pasaba días enteros en su cuarto tocando hasta que sus dedos le dolían. Ahora pasaba las horas en una oficina deseando que llegara el fin de semana para poder hundirse en su carísimo sofá de piel viendo su carísima televisión LED Curve mientras no pensaba en María. Si tuviera el valor de recuperarla... En ese momento apareció una foto de su abuelo y recordó lo que le decía cada año:
—Haz que se haga realidad, Carlitos.
Carlos sonrió. «Gracias, abuelo», pensó. Agarró su chaqueta y salió de casa.




8 de diciembre de 2014

26 de noviembre de 2014

Curvas peligrosas


 ¡Hola, aprendices!
Tenía muchas ganas de escribir este relato. Llevaba unos meses rumiando la idea, pero aún no había encontrado la manera de expresar lo que quería. He tenido que ingeniármelas para encontrar la técnica apropiada para narrar esta historia, y espero que haya conseguido algo decente al menos. Comentad si os ha gustado o no el estilo, la historia..., ya sabéis que ando por los comentarios. Ojalá os guste:


-Curvas peligrosas-

«Loving him is like driving a new
Maserati down a dead end street»
Red, Taylor Swift

Sus manos estaban muy cerca, así que alargó un meñique furtivo hasta rozarla. No podía respirar mientras el brillo famélico de sus ojos delataba el objeto de su deseo. Aprovechando el desconcierto que había provocado en ella, deslizó suavemente la yema de su dedo hacia su muñeca, describiendo lentamente una línea sinuosa sobre su piel. Cuando comenzó a sentir que su respiración se aceleraba con ella mientras introducía sus dedos por debajo de la manga de su jersey, agarró con fuerza su muñeca estirando hacia ella. Era suya.
Era suya. Esa máquina era suya. Cuatrocientos cincuenta caballos la esperaban frente a la puerta de su garaje, impacientes por rugir. Deslizó su mano sobre el amarillo giallo granturismo del capó mientras recorría con la mirada la V que desembocaba en la calandra de su nuevo Maserati GranCabrio. Avanzó hacia la puerta del descapotable disfrutando de cada minucioso detalle del coche y entró en él. El abrazo del cuero negro la recibió en su interior. Era adicta a su olor.
Era adicta a su olor. La respiraba mientras se dirigían hacia la cama a trompicones, intentando satisfacer la urgencia de la piel con labios, uñas y dientes. Mientras le apartaba el pelo para poder besar su cuello, recorría con su izquierda las curvas peligrosas de su cuerpo. Desabrochó su falda con mano experta y la arrastró hacia abajo, poco a poco, para luego recorrer el camino por la autopista de sus medias dirección sus labios. No podía esperar.
No podía esperar. Pulsó el botón Sport del salpicadero y activó el manual. El cabriolé rugió ante la presión sobre el acelerador y los rápidos cambios de marcha. El viento, la velocidad, la potencia del motor en sus manos... Cada curva aceleraba su ritmo cardíaco en una mezcla de rapidez, adrenalina y éxtasis. Solo faltaba una cosa: la música perfecta.
Solo faltaba una cosa: la música perfecta. Se levantó hacia el equipo de música y los acordes de Red llenaron la habitación. Al volver a la cama se tumbó junto a ella, frente a frente. Las piernas de una se perdían en las de la otra. Le apartó una mecha de la cara y besó su frente.
—Te quiero —dijo mirándola a los ojos.
Ella bajó la mirada.
Ella bajó la mirada. La doctora parecía tratar de buscar entre los azulejos del hospital cualquier eufemismo que aliviara a un padre que podría perder a su hija:
—Todavía no estamos seguros. El golpe ha sido muy fuerte. Tendremos que esperar los resultados de las pruebas.
Estaba inconsciente en la camilla. Era una sensación extraña. En su cabeza se repetían una y otra vez las imágenes del accidente: cómo perdió el control del coche al buscar el disco en la guantera, cómo trató de tomar la curva cuando ya era demasiado tarde, cómo gritaba «¡gira, gira, gira!» sin obtener respuesta... El Maserati había quedado destrozado y ella se encontraba en estado crítico. 
Esa curva era de hecho peligrosa, casi tanto como decir te quiero.


12 de noviembre de 2014

Hasta que se demuestre lo contrario


¡Hola, aprendices!
Hoy os traigo un relato cuyo proceso de escritura fue muy divertido. Espero que os animéis y me contéis vuestra opinión:
-Hasta que se demuestre lo contrario-

Cuando cree estar sola abre sus piernas y lo recibe entre sus rodillas. Necesita acomodarlo sobre su esternón, justo sobre la línea que asciende desde el escote, para poder mantener el equilibrio. Sólo cuando sus cuerpos se han fundido en uno, comienza el movimiento.
Ella marca el tempo a piacere: lento, andante, allegro, prestissimo… Todo su cuerpo es partícipe del ritmo que arranca desgarradores gemidos a su acompañante y, sin embargo, son sus manos las principales culpables de tal estruendoso recital. La izquierda recorre su mástil rápida y precisa ejecutando cada cambio de posición elegantemente, acariciándolo. Mientras tanto, la derecha atraviesa su cuerpo en perfectas perpendiculares, más o menos agresivas según la intensidad del éxtasis.
A veces él roza, accidentalmente, el lóbulo de su oreja izquierda. Es entonces cuando ella constata que ha llegado el final, que el cansancio de tan vehemente actividad comienza a hacerse notar, y se separa de él.
Yo disfruto mirando. Aunque sé que lo detesta, adoro espiarla desde la cocina mientras toca su violonchelo.


10 de noviembre de 2014

6 de noviembre de 2014

29 de octubre de 2014

Halloween


Mis garabatejos :)                               

¡Buenas noches, aprendices!

Hoy traigo algo muy distinto a lo usual, y es que la página de hoy está en inglés. Sí, sí, in inglis. ¿Por qué? Pues veréis, quería escribir algo “halloweenesco”, que el 31 de octubre está muy cerca. ¿El problema? No me salía nada. Bloqueo total.
Ya que ando algo escasa de musas últimamente, busqué la tan codiciada inspiración en la película The Nightmare Before Christmas (1993) —Pesadilla antes de Navidad, para los amigos hispanohablantes— y la vi en inglés. Dando vueltas y vueltas al tema se me ocurrieron varias ideas —imágenes más bien— e intenté componer algo con ellas, pero tampoco.
Una de mis técnicas para escribir es hacer esquemas —sí, lo sé, es una innovación tremenda— y lo curioso es que los hice en inglés esta vez. “Underneath your bed, hell, black ink, pain and torture....”, poco más. Intenté escribir de nuevo y no salió nada hasta que, con la tontería, empecé: “Underneath your bed something drives you insane”. Y entonces sí funcionó.
No sé si será porque vi la película en inglés, por los esquemas o porque en mi cabeza Halloween y la lengua inglesa están tan intrínsicamente unidos que hasta que no la empleé, no salió nada, pero de cualquier manera, aquí está el resultado.

AVISO: el inglés no es mi lengua materna y el propósito de este relato/poema (no sé ni lo que es) ha sido puramente hedonista. Perdóname, gramática inglesa, pero Halloween es para hacer travesuras, ¿no?
Aquí puede consultarse una traducción de estar por casa para aquellos que prefieran leer en español :)


-Welcome to Sinners' Land-

Underneath your bed
something drives you insane.
You don't know what is there.
Doesn't mind, you don't even dare.

A ghostly breath. Must be wind.
A cat's snort? What's beneath?
In the blink of an eye you find yourself in black.
You're surrounded. Fog, shadow, darkness. You're all in despair.

You cannot run, you can't escape.
It is too late. I wait you in hell.
Screams, torture and pain.
Fire, demonds and death.

Welcome to Sinners' Land.
Join our hopeless fate.

'The tattooist', they say,
when they call me by my name.
My alive designs under your skin
will destroy you, oh, that's my black ink.

You cannot run, you can't escape.
It is too late. You are in hell.
Screams, torture and pain.
Fire, demonds and death.

Welcome to Sinners' Land.
Join our hopeless fate.


                                
Feliz terrorífico Halloween, os espero en los comentarios :)





Traducción de Welcome to Sinners' Land


 Humilde traducción de Welcome to Sinners' Land:


 -Bienvenido al País de los Pecadores-

Debajo de tu cama
algo te está sacando de quicio.
No sabes lo que hay.
No importa. Ni siquiera te atreves a mirar.

Una respiración fantasmal. Debe de ser el viento.
¿El bufido de un gato? ¿Qué hay debajo?
En un abrir y cerrar de ojos estás sumergido en negro.
Estás rodeado. Niebla, sombra, oscuridad. Estás desesperado.

No puedes correr, no puedes escapar.
Es demasiado tarde. Te espero en el infierno.
Gritos, tortura y dolor.
Fuego, demonios y muerte.

Bienvenido al país de los pecadores.
Únete a nuestro destino sin esperanza.

'El tatuador', eso es lo que dicen,
cuando me llaman por mi nombre.
Mis diseños vivos bajo tu piel
te destruirán, esa es mi tinta negra.

No puedes correr, no puedes escapar.
Es demasiado tarde. Estás en el infierno.
Gritos, tortura y dolor.
Fuego, demonios y muerte.

Bienvenido al país de los pecadores.
Únete a nuestro destino sin esperanza.


27 de octubre de 2014

«Resiliencia»

(sust.) Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas.

15 de octubre de 2014

La caza del lobo

 ¡Hola, aprendices!
A ver si sois capaces de decirme en qué cuento me he basado para escribir este relato. Va, que no es difícil. Os espero en los comentarios, ojalá os guste:


-La caza del lobo-

—Eres preciosa. No puedo dejar de pensarte ni un segundo: me paso los días esperando la próxima vez que pueda mirarte a los ojos y cogerte de la mano...
—¡Bah, eres un cuentista! —dijo riéndose, alegre.
—¡Es cierto! No entiendo qué me pasa contigo, pero no puedo evitarlo. Gracias por esta noche... Hasta la próxima, espero —La besó e hizo el ademán de marcharse.
Embriagada por las reminiscencias de una velada perfecta, el sabor del chocolate en la boca y esa mirada, su corazón se rindió ante la sinfonía de dichas palabras. No quería separarse de él:
—¿Quieres subir? —preguntó, titubeante.
—De acuerdo. — Lo había conseguido.
Rozando el alba, ya cansada, apoyó la cabeza sobre su torso y lo abrazó. Segura, enamorada, feliz, le dijo:
—Qué ojos tan bonitos tienes.
—Son para mirarte mejor —respondió él.
—Qué nariz tan perfecta tienes.
—Es para olerte mejor —dijo inclinando su cabeza hacia su pelo.
—Qué labios tan dulces tienes.
—Son para besarte mejor —afirmó antes de darle un beso en la frente mientras ella escuchaba los firmes latidos sobre su pecho.
—Qué corazón tan fuerte tienes.
—Es para quererte mejor. —Y en sus ojos brilló un destello famélico y feroz.

1 de octubre de 2014

Albatros


¡Hola, aprendices!

Hoy os traigo un nuevo relato. Espero que os guste y, como siempre, os espero en los comentarios atendiendo a vuestras opiniones y sugerencias. Ahí va:

-Albatros-

Cuenta la leyenda que allá, en lo alto de esa colina, solían despedirse dos amantes. Cada invierno él se enrolaba en un barco mercante. Era poeta. Ella lo esperaba allí donde se habían separado velando por su regreso y susurraba al mar plegarias, palabras de amor y de amargura. El marino las sentía en el viento y así, anhelantes y enamorados, sobrevivían hasta que el albatros lo traía de vuelta... pero un año el ave marina ya no le devolvió a su poeta.
El pueblo vistió el luto. Su padre, su madre, amigos..., todos trataron de hacerla volver a casa, pero ella jamás se marchó. Los días, las semanas, los años pasaron y ella lloraba y lloraba frente al mar implorando al albatros. Su piel se oscureció y se cuarteó, su pelo creció y se enredó en la hierba. De este modo, poco a poco, se enraizó en lo alto de la colina, y ya nunca pudieron arrancarla de allí.
Las gentes se preguntaban adónde habría ido aquella mujer y cómo había aparecido allí ese sauce. Nunca se acercó nadie; decían que estaba maldito. Moriría por sí solo porque no tenía agua suficiente para sobrevivir, pero ella lloraba y lloraba frente al mar implorando al albatros, por lo que sus lágrimas se convirtieron en alimento mientras esperaba a su poeta.
Cien años pasaron hasta que cesó su llanto, y fue entonces cuando una tormenta quebró el tronco seco del salce, que cayó astillado, exhausto, rendido. Esta vez nadie vistió de negro. Ya nadie recordaba a los amantes que solían despedirse allá en lo alto de esa colina. Ya nadie recordaba a la mujer que esperó y esperó hasta convertirse en saz. Nadie salvo un albatros, que derramó una lágrima sobre el corazón roto del sauce y levantó su vuelo para narrar esta historia a los navegantes de alta mar.


29 de septiembre de 2014

17 de septiembre de 2014

Laocoonte, sus hijos y yo


¡Hola, aprendices!:

Esta semana os traigo un relato basado en la escultura “Laocoonte y sus hijos” y el mito que hay detrás de tan imponente obra. Siempre me ha suscitado algo. La considero una escultura bella, potente, sublime. Me inspira.
Decidí investigar sobre quién era Laocoonte, y así fue cómo descubrí que era un sacerdote troyano que advirtió a los mismos de que no aceptaran el famoso caballo, ya que podía tratarse de una trampa del astuto Ulises. Por una serie de razones, esto encolerizó a Atenea, por lo que envió a las serpientes. Los troyanos aceptaron el caballo pensando que si no lo hacían también serían castigados, y así cayó Troya. ¿Interesante, verdad?
Espero que os guste mi reescritura de una parte del mito. Os espero en los comentarios:

-Laocoonte y sus hijos-

Laocoonte auguraba su destino. Entre gemidos y fríos sudores escuchaba la voz de la diosa Atenea. Estaba furiosa y su inquina se confundía entre letales siseos. El sacerdote presentía el avance viscoso de las serpientes sobre el agua, el imparable reptar hacia sus presas, sus afilados colmillos supurando veneno, sus ardientes ojos sedientos de muerte... Pero no era solo una intuición.
El aullido desesperado de su primogénito lo arrancó de las garras de Morfeo y se precipitó hacia el aposento de sus hijos. La trágica escena sumió al padre estremecido en un profundo horror. Laocoonte presenció a sus niños cubiertos de sangre tratando de escapar del abrazo de los ofidios y contempló las manchas negras de ponzoña en sus carnes, que estaban siendo desgarradas por los reptiles entre gritos de terror y súplicas de clemencia.
–¡Padre, ayúdame! –chilló el menor alargando la mano hacia su padre e intentando clavar sus pequeñas uñas en el frío mármol.
Laocoonte, ciego de ira y dolor, se abalanzó sobre las serpientes con la única ayuda de sus propias manos. El hombre contra las bestias. Una batalla digna y sublime. Cada músculo, cada fibra, cada tendón en tensión participaban en la agonía de un padre que, en su interior, sabía que sus pequeños perecerían con él.
El humano intentaba desprenderse de los anillos escamosos con gran fuerza y valentía, el sacerdote imploraba la intervención divina, pero no habría ayuda ni nepente para él y los suyos, y Laocoonte bramó a los cielos cuando el veneno se inyectó por fin en su costado izquierdo. Con la mirada perdida en la inmensidad del celeste y una lágrima hecha de honor y tormento, el padre se desplomó sobre sus rodillas, rendido y rodeado por los cadáveres de sus hijos. 
Antes de la completa expiración de su existencia, su asesina reptó por su cuerpo, lenta, fría, maligna, y le susurró al oído:
–Troya caerá con vosssotrossss.
        Y, así, murió Laocoonte.




15 de septiembre de 2014

«Parnaso»

(sust.) Conjunto de todos los poetas, o de los de un pueblo o tiempo determinado, en alusión a la mítica morada de Apolo y las Musas. También puede referirse a una colección de poesías de varios autores.

3 de septiembre de 2014

Anagrama de amor


 ¡Hola, aprendices!

Hoy os traigo el fragmento de un relato reciclado. Su versión extendida se titula “Y para ti, la lluvia”, y ya que ayer septiembre nos regaló una tormenta nocturna y el placer de dormirse escuchando el sonido de la lluvia, he decidido publicarlo hoy.
      Es un relato al que le tengo especial cariño por todo lo bueno que me ha traído. Lo presenté hace un par de años al concurso literario de mi instituto y quedé primera, pero no fui la única. Tuve el honor de compartir posición con la que considero una gran escritora y, a partir de entonces, amiga, Carlota I. Lifante Baeza, que presentó su magnífico relato "El hombre que detectaba el aliento de un corazón". Así que ya veis, gané mucho más que un concurso con este relato.
     Esta versión es uno de mis fragmentos favoritos del texto. Ya que no está entero y el final no es el mismo, titularé esta versión “Anagrama de amor”. Espero que os guste:


-Anagrama de amor-

Un café dio paso a una tarde en el cine; una tarde en el cine, a una cena ; y una cena, a un beso. Un beso bajo la lluvia, que había marcado ese invierno con su frío aliento. Fue tan sencillo y a la vez tan complejo como el agua que se evapora del mar hasta finalmente formar grandes nubes en el cielo: simplemente fluyó hasta que alcanzamos un estado de ingravidez tal como el de las nubes, y ahí, flotando, le dije por primera vez que la quería.

Empezó entonces la mejor época de mi vida. Cada día con ella era una aventura nueva. Descubría lugares que no conocía de mi propia ciudad, aprendía de sus historias, de su forma de mirar el mundo, de su forma de sentir...

Recuerdo especialmente aquel onírico verano de 2012. Fuimos de  vacaciones a Roma. El hechizo de su voz, de sus ojos y su pelo brillando bajo la luz del sol dorado, el encanto de la ciudad... No podía ser de otra forma allí, en Roma. Cada tarde caminábamos tanto  como nuestros pies podían soportar mientras veíamos las emblemáticas construcciones romanas o disfrutábamos del mejor gelato que la ciudad nos ofrecía, y sin embargo, lo mejor de aquel viaje fueron, sin lugar a dudas, las noches. Pasamos todas y cada una de las noches sin dormir: hablando. Hablamos con el cuerpo: con las manos, con los labios, con la piel... , hablamos con palabras: hablamos de arte, de viajes, de filosofía, de música, de amor... Me sentía como el sultán Shahriar cuando ella hablaba, cuando hablaba mi propia Sherezade... Para mí, Roma con ella era el anagrama de amor.


Espero que os haya gustado y, si os animáis a comentar, responderé lo antes posible :) Como dije en Y llegó septiembre, retomaré el calendario de publicación habitual dentro de poco. Hasta entonces, aprendices. Un abrazo.


1 de septiembre de 2014

Noticias: Y llegó septiembre


¡Hola, aprendices!:

   1 de septiembre. Sí, el calendario se ha consumido, impasible, inexorable. Resuenan aún los ecos de las olas, del último sorbo de horchata, de la salida de un tren..., pero septiembre ha llegado para quedarse y ya nadie nos devuelve agosto, ni julio, ni junio. Depresión posvacacional lo llaman.

   No obstante, no somos justos con el noveno mes del año. Nuestro pobre septiembre también marca un nuevo comienzo y nos ofrece un abanico de posibilidades . El 1 de enero está bien, pero para mí el 1 de septiembre es mejor. Es el momento de recuperar viejos hábitos, y de inventarse nuevos. Es el momento de retarse, de crear proyectos, de ilusionarse. De empezar.

  Esta aprendiz vuelve eufórica y con ganas de literatura, así que dentro de poco retomaré el calendario de publicación habitual. En cuanto terminen los -aburridos- procesos burocráticos propios de la primera quincena de septiembre a los que he de resignarme, reanudaré las secciones de La palabra de la semana y de La cita de la semana, así que próximamente os espero a la luz del flexo, y ojalá lo encendáis conmigo...

¡Hasta muy pronto!

22 de agosto de 2014

El viejo carpintero y la joven de ojos tristes III


 ¡Hola, aprendices!
Disculpad, disculpad, disculpad el retraso, pero hoy POR FIN publico el desenlace de “El viejo carpintero y la joven de ojos tristes”. Esta es la parte en que creo que la verosimilitud flojea. Como excusa me refugio en que se trata de ficción, pero la verdad es que prefiero hacer relatos algo más verosímiles dentro de la ficción. Ya me contáis vuestra opinión en los comentarios. Aún así, me llevo algo muy positivo de esta última parte y es que tuve que hacer toda una investigación sobre vocabulario referente a las puertas; se aprende mucho escribiendo. Espero que lo disfrutéis:

-El viejo carpintero y la joven de ojos tristes III-

Al salir de su ensimismamiento y volver a ver a la joven de ojos tristes que capturaba puertas, Martín pensó que esa chica necesitaba aprender a mirar. Cuando Eva le enseñó a hacerlo, él no solo descubrió una flor y una sonrisa: Martín aprendió a reparar en las cosas bellas de su entorno, y desde entonces, nunca más necesitó una escapatoria porque siempre supo encontrar algo maravilloso a su alrededor.
Día tras día la joven de ojos tristes vagaba por el pueblo sin rumbo, con la vista perdida y deteniéndose para retratar los detalles de algunas puertas: los herrajes de esta, la cerradura de esa, el dintel de aquella... Y Martín se sentía inquieto. No quería inmiscuirse en la vida de aquella joven. ¿Qué derecho tenía? ¿Por qué iba a escuchar a un viejo que no tenía nada que ver con ella? Sin embargo algo le decía que debía ayudarla. Él sabía qué necesitaba y podía enseñárselo, pero ¿cómo hacerlo sin tomar contacto directo con ella? Martín encontró la respuesta durante la quinta noche de insomnio que había pasado desde que la vio por primera vez: una puerta.
Se levantó de la cama y trabajó durante toda la noche. Las manos del maestro acariciaban los nudos y las vetas disfrutando del reencuentro. Lijó, fresó y rebajó el tablero para crear la impresión de que la puerta estaba compuesta por cinco largueros. A golpe de formón y martillo astilló la madera y la cubrió después con betún de judea. Instaló el ojo de una cerradura e instaló encima un tirador de hierro sencillo que formaba un ángulo de unos cuarenta y cinco grados. Más tarde construyó la estructura del marco de la puerta, muy simple: un dintel y dos jambas de lo más sencillo que se erguían sobre una base con la ayuda de varias piezas que permitían su equilibrio. Por último, antes de unir la puerta al marco mediante las bisagras, grabó a fuego sobre el quicio las palabras «Mira lo que ves. Bienvenida a tu vida».
Con las primeras luces del alba transportó la estructura hasta la plaza, la colocó cerca de su banco y se marchó a casa a descansar. Sabía que la joven de ojos tristes no la vería hasta la tarde. A las siete llegaron ella y su mirada perdida, pero esta vez sus ojos, por primera vez en mucho tiempo, se fijaron atentamente en algo, perdiendo ese acostumbrado matiz de tristeza. La joven estudió la puerta, asombrada. ¿Quién la habría hecho, por qué? ¿Era para ella? Miró a su alrededor y no vio más que al viejo del banco y al camarero del bar recogiendo las mesas de la terraza. Martín disimuló con su novela mientras era observado y luego siguió contemplando la escena. La joven leyó el grabado y se atrevió a entornar la puerta. Cuando hubo visto que podía abrirse totalmente, respiró hondo y cruzó el umbral. Desde la distancia, Martín fue capaz de distinguir el destello amarillo que desprendieron los ojos marrones de la joven. Eva...

Fin

6 de agosto de 2014

El viejo carpintero y la joven de ojos tristes (II)


¡Hola, aprendices!
Hoy retomo el relato de “El viejo carpintero y la joven de ojos tristes”:

-El viejo carpintero y la joven de ojos tristes II-

Recordó en ese momento el día en que conoció a Eva. Se sentía ahogado y acorralado en el pueblo, presionado por su familia, perdido. ¿Realmente quería trabajar en el taller de su padre? Desde niño le habían enseñado los secretos de la carpintería, y en realidad le encantaba, pero, como a todo joven de veinte años, la perspectiva de tener toda su vida ya organizada le agobiaba. ¿En eso consistiría su vida? El mismo pueblo, el mismo oficio, la misma gente... ¿Y la aventura, y la libertad, la belleza, el amor? Decidió ir a la isla para despejar su mente, y allí la conoció.
Paseaba cabizbajo entre los matorrales del terreno isleño cuando escuchó aproximarse los pasos de un extraño. Al levantar la cabeza encontró los ojos marrones de una sirena. La joven le dijo “hola”, y con eso bastó. Charlaron durante horas —y podrían haberlo hecho durante semanas—: qué haces aquí solo, de dónde eres, por qué te agobia el pensar que vas a ser carpintero... La voz de Eva fluía, cautivaba y atrapaba a Martín, que en un par de horas se había abierto a una desconocida como nunca antes lo había hecho. De repente la joven se agachó y, señalando uno de los matorrales, dijo:
—¿Habías visto esta planta antes, cuando caminabas solo? Es mi flor favorita. La llaman escarcha, por las gotitas de agua. Lo que más me gusta de ella es que es tan pequeña y discreta que desde lejos casi nadie repara en ella, pero cuando te acercas es tan bonita... Hay que saber mirar bien para encontrarla; no basta solo con ver.
Efectivamente, mientras se inclinaba sobre la planta Martín no vio más que un matorral, pero conforme se acercaba empezó a distinguir las tonalidades purpúreas estivales de las hojas, los delicados capullos, alguna de las flores y, sobre todo, lo que hacía de esta una obra maestra de la Naturaleza: las pequeñas gotas de agua condensada que reposan sobre la pared vegetal. ¿Cómo no la había visto antes? Al levantar la vista para devolverle la sonrisa a su peculiar acompañante supo mirarla y descubrir los destellos amarillos que irradiaban sus ojos, su luminosa sonrisa y esas ojeras que a ella le parecían tan pronunciadas y que a él le parecían simplemente perfectas. En ese momento Martín entregó su corazón a la sirena que unos años más tarde se convertiría en su esposa, amada, y en la que encontraría más aventura, libertad, belleza y amor de lo que jamás hubiera podido soñar.


23 de julio de 2014

El viejo carpintero y la joven de ojos tristes (I)


¡Hola, aprendices!
Hoy os traigo un nuevo relato que he escrito recientemente. Por una parte ha sido una historia de esas que “se escriben solas” (de hecho, hacía tiempo que no escribía nada tan largo y, dado que es bastante extenso, lo publicaré en tres partes). Por otra, creo que peca de poca verosimilitud. Ya me contaréis vuestra opinión en los comentarios. Espero que os guste:

-El viejo carpintero y la joven de ojos tristes (I)-

«Vemos todo lo que miramos pero no miramos todo lo que vemos»
José G. Moreno de Alba

Desde que dejó el taller dos años atrás, su vida discurría por el tranquilo cauce de la costumbre. Nada ni nadie perturbaba al viejo Martín. Por la mañana desayunaba tostadas y café en “La colmena”, donde leía el periódico hasta el mediodía. Después se retiraba a casa, comía y se echaba la siesta hasta las seis. De seis y media a ocho había hecho suyo el banco de madera situado delante del pino de la plaza mayor, enfrente de la fuente, donde leía una de las muchas novelas que le había dejado su esposa, amada; era su manera de estar con ella. A las ocho volvía a casa, cenaba y se acostaba. El ritual se repetía una y otra vez con la precisión del mecanismo de un reloj, pero todo reloj se para en algún momento.
Un día Martín estaba inmerso en su lectura cuando, de repente, alguien se sentó a su lado. ¡Qué ultraje! ¿Es que no había más bancos en la plaza? Si había un momento sagrado para él durante toda su jornada era ese, y por primera vez en dos años lo habían interrumpido. Al girarse para averiguar quién —cojones— se había atrevido a molestarlo se encontró con los ojos tristes de una joven.
Su mirada vacía se perdía entre las palomas que revoloteaban a los pies de la fuente. Su postura era la de una persona abatida: sus extremidades, rendidas, se dejaban vencer por el peso de la gravedad sin ningún tipo de resistencia —las piernas estiradas una encima de la otra, los brazos sobre el regazo— y su torso encorvado parecía escurrirse desde el respaldo del banco. Reflejado en la joven de ojos tristes, Martín se vio a sí mismo muchos años atrás, cuando aún no había conocido a Eva, la que más tarde se convertiría en su esposa, amada.
La joven de ojos tristes se levantó y deambuló por la plaza, extrajo una cámara de su bandolera y sacó algunas fotos, pero lo que extrañó al hombre es que la joven de ojos tristes solo capturaba puertas en sus instantáneas. ¿Por qué lo haría? ¿Qué buscaba tras ellas: un nuevo comienzo, un viejo final quizás? A Martín le pareció que buscaba una salida, una escapatoria, porque él mismo la había buscado hacía ya tanto tiempo.
Continuará...

9 de julio de 2014

Con un par de cajones


¡Hola, aprendices!

Cumpliendo con el calendario estival de Mi cuaderno os traigo una nueva página. Esta vez he tratado de hacer una caricatura de mí misma con mucho humor, que hay que reírse de todo en esta vida, y más de uno mismo. Supongo que más de un( ) se sentirá algo identificad( ), sobre todo en época de exámenes; ya me contáis en los comentarios. Sin más, espero que os guste:



-Con un par de cajones-

«Tengo que poner orden en mi vida», piensa Alba mientras —no— disfruta de la panorámica de su... bueno, de donde duerme y estudia. Apenas puede distinguir un metro cuadrado de suelo porque los pantalones, calcetines, camisas y bragas se disputan cada área mínima aún por conquistar —los privilegios del picaporte y de la estantería les están reservados a los sujetadores, claro—. En la mesa ocurre un tanto de lo mismo, pero son en este caso los bolígrafos, lápices, folios y libros los que libran la épica batalla.
Alba se abre paso a través de la maleza textil y consigue llegar a la montaña de mantas y ropa —más ropa— que ocupa su cama. Quiere tumbarse, así que recurre a la ancestral técnica comúnmente conocida como “de la cama a la silla y de la silla a la cama”, en la que ha adquirido un grado de perfeccionamiento sumo a lo largo de los años.
Tumbada, empieza a analizar el problema. Es una cuestión compleja; ha intentado ponerle solución al asunto en más de una ocasión —el último intento, recuerda, fue hace dos meses—, pero, no sabe cómo, siempre fracasa. Sigue pensando. Sigue pensando. Sigue pensando. «¡Una cajonera!», piensa. Ya está, una cajonera. Eso es exactamente lo que necesita. No es que ella sea desordenada, es que le falta espacio para ser ordenada, así que inmediatamente se pone una camiseta limpia —cree—, unos pantalones, se calza sus zapatillas y baja a los chinos de su barrio.
En diez minutos ya ha llegado a casa con la solución a su problema y, sin dilación, se pone manos a la obra, y vaya obra. Se pasa toda la tarde moviendo cosas de aquí para allá: el pantalón azul al armario, el libro de literatura a la estantería, el portátil a su nueva cajonera, el chocolate a la cocina, la esponja al baño —¿la esponja?—...
Exhausta, aturdida y maloliente se apoya triunfante sobre una de las jambas de la puerta y, ahora sí, disfruta de la panorámica de lo que orgullosamente puede llamar “habitación”. Para celebrar el acontecimiento y estar en consonancia con el ambiente decide darse una merecida ducha. Coge algo de ropa limpia de su ordenado armario y pone rumbo al baño, habiendo tirado antes la camiseta sucia sobre el escritorio y los pantalones al lado de la cama.
La batalla ha comenzado, de nuevo.


25 de junio de 2014

Esa voz


¡Hola, aprendices!

Aquí está la siguiente página de Mi cuaderno y esta vez se trata de un breve diálogo entre dos personajes. Para escribirlo me he inspirado en la película dirigida por David Fincher Fight Club (1999). Si os gusta el cine os la recomiendo encarecidamente —y si no os gusta, también—. Me ha hecho reflexionar mucho y supongo que parte de esas elucubraciones han producido el fragmento que estáis a punto de leer. Sé que esta página es bastante corta, pero he preferido sacrificar esta vez la extensión por la intensidad; espero haberlo conseguido. Sin más, espero que lo disfrutéis:


«And then, something happened. I let go. Lost in oblivion. Dark and silent and complete. I found freedom. Losing all hope was freedom».
Fight Club (1999)


-Esa voz-

—Si sigues viniendo con estas heridas acabarás mal, chico. Me sorprende que no hayas perdido ya el oído con este golpe. ¿Por qué lo haces?
—Cuando peleo no escucho la voz en mi cabeza. ¿Sabe a qué me refiero, doctor? A esa voz que me dice que soy un perdedor, que me recuerda que me rendí en el instituto, que no he conseguido nada de lo que poder sentirme orgulloso, que la perdí. A esa voz que me pregunta a cada paso que doy lo que ya no sé responder: «¿por qué sigues si estás vacío, si no te queda nada?».
Cuando peleo llega un momento en que me falta el oxígeno y solo puedo pensar en sobrevivir, en esquivar el próximo golpe. Y es entonces cuando esa voz se apaga.
—Pero tienes tiempo para hacer lo que quieras: eres joven. ¿Es que no te duele?
—Solo siento dolor. Pero siento.



No dudes en contarme en los comentarios qué te ha parecido, en decirme si te ha gustado o no. Para aquellos que no sepáis inglés aquí va una traducción “de estar por casa” de la cita del principio: «Y entonces, algo ocurrió. Me dejé ir. Perdido en el olvido. Oscuro y silencioso y completo. Encontré la libertad. Perder toda esperanza significó la libertad».

¡Hasta la próxima!


13 de junio de 2014

Noticias: ¡Verano!


   ¡Hola, aprendices!

   Ahora que llegan las vacaciones quería avisaros de que voy a publicar únicamente las entradas de Mi cuaderno. En septiembre, con las pilas bien cargadas, retomaré el calendario de publicación habitual.
    Descansad mucho, leed y disfrutad de las vacaciones, que para eso están.

   ¡Hasta la próxima página de Mi cuaderno!

11 de junio de 2014

Érase una vez un cuento (II)

 ¡Hola, aprendices!:
¡Ya ha llegado el día! Hoy vuelve Miau el ratón para contarnos el final de la historia que empezó a contarnos en la entrada Érase una vez un cuento (I), y esta vez viene con sorpresa al final.
Espero que os guste :)

Las aventuras de Miau, el ratón II

(...)

Menos mal que yo soy agente especial y no ningún pringadillo de primera línea, porque lo que pretenden los jefes es que los agentes atraviesen un campo de minas y que el ganador se proclame cuando este haya tocado la flauta que habrá al final del campo. No he oído semejante chorrada en mi vida. ¡Un campo de minas! Ningún agente llegaría en una carrera vivo; es una misión suicida. Pobres de los pringados a los que les toque competir, pero en fin, las órdenes son las órdenes.
Bueno, eso es precisamente lo que me acaba de decir mi comandante hace unos cinco minutos: “Va a ser usted nuestro representante y las órdenes son las órdenes, no hay peros que valgan”. Por muy bien que me hayan ido las cosas desde que soy agente especial, sinceramente, prefiero ser el que prueba el queso antes. ¡Recórcholis, quién me mandaría a mí ser el responsable de la brillante trampa de los ovillos de lana! Ahora yo soy el mejor” y debo demostrarlo porque de lo contrario seré expulsado y todos los ratones serán esclavos de los gatos… ¡Yupi…!
Ya han pasado dos días desde que me comunicaron mi misión suicida y aquí estoy, en el campo de minas, esperando a mi contrincante. No quiero ni imaginarlo… Será un gato del tamaño de un puma con grandes colmillos y garras, y yo... pues yo soy el ratoncillo al que aplastará en un abrir y cerrar de ojos. Todos se reirán de mí y los tendré que aguantar —si es que salgo vivo de esta, claro—.
¡Ya llega! Está rodeado de un corro de otros gatos. No lo veo. Menudo creído, parece un boxeador entrando al ring con su equipo alrededor para que no lo vea nadie antes de machacar a su enemigo… Ya se apartan…Casi le veo… ¡Una gata! ¡Es una gatita! Ni siquiera me toman en serio…
Acaba de sonar el disparo de salida y ella ya me lleva varios metros de ventaja. Es muy rápida y ágil. Corre como si se deslizara sobre el hielo. Tiene un pelaje del color del chocolate y unos ojos verdes como dos esmeraldas…Pero, ¿qué estoy haciendo? Estoy a punto de explotar y pienso en una gata… Me estoy volviendo tarumba. Tengo que concentrarme; esquivo una bomba con cuidado, una pata aquí, la otra allá, cuidado con la oreja… ¡Pero qué es lo que veo! ¡Está a punto de pisar una bomba!
-¡No! ¡Cuidado! —le grito a pleno pulmón—.
Me oye y rápidamente esquiva la bomba; menos mal. Sigo corriendo, pero ella es más rápida y gana… No era de extrañar…He fallado.
Me tomo mi tiempo para volver porque ya no tengo prisa, por mi culpa los ratones serán esclavos y yo seré desterrado a la gran ciudad donde los ratones son vagabundos que viven en los cubos de basura. ¡Qué triste! Aunque me lo merezco. He fallado .Me quedan dos pasos para llegar y enfrentarme al destino y, para mi desgracia, ya he llegado...
¿Qué? Los gatos y los ratones se están dando las patas y algunos incluso se abrazan. Cuando me han visto me han aplaudido. Estarán borrachos porque no me lo explico... De repente el Gran Jefe Gato viene a saludarme:
-Minina me ha contado cómo la salvaste. Te estaremos eternamente agradecidos. Ella es mi hija y no sé lo que haría sin ella. En recompensa hemos firmado un acuerdo de paz y ahora trabajaremos juntos para mantener este parque en orden. Minina y tú patrullaréis juntos y se os entregarán unas medallas. Gracias, agente Miau. Por cierto, bonito nombre.
Bueno, al parecer me ha ido bien al final y encima voy a estar con Minina todos los días, ¡qué bien! Ya no me puedo quejar, no me han dado el trabajo sucio esta vez.



Y ahora sí, colorín colorado, este cuento se ha acabado. Muchas gracias por haberlo leído y, por supuesto, a María Agulló, que ha colaborado conmigo haciendo la genial ilustración de este cuento. ¡Nos vemos pronto!

1 de junio de 2014

George Orwell


   La "cita" de esta semana es algo diferente. Un día se me ocurrió la idea de intentar borrar los límites entre el arte plástico y la literatura mediante la tipografía y los colores, y he aquí el resultado.

   Ya que el texto ha sido extraído del primer capítulo de la —muy recomendable— novela 1984, de George Orwell, he decidido incluir esta ¿cita?, ¿dibujo? en la sección de La cita de la semana. 

   Quizás siga investigando las posibilidades de la tipografía más adelante... De momento, espero que os guste :)

   Consejo: da dos o tres pasos hacia atrás para ver mejor la cara del Gran Hermano.



28 de mayo de 2014

Meditación y escritura: Verde

   ¡Hola, aprendices!

   La página de Mi cuaderno de hoy es algo... mística (?). Me he inspirado en una de esas canciones de meditación, para que os hagáis una idea del tono. He escrito lo que me sugerían los sonidos.
   La idea era meterme en la mente del protagonista de esta historia y plasmar lo que va pensando. El resultado ha sido un relato descriptivo-psicológico-místico-extraño que ojalá disfrutéis. Espero vuestras críticas y opiniones.

-Verde-

¿Dónde estoy? Verde. El suelo está cubierto de musgo; los troncos, lianas y enredaderas se elevan hasta la bóveda vegetal que se yergue sobre mi cabeza. Todo es verde. No sé dónde estoy, no sé a dónde voy.
Algo me acecha. Solo lo intuyo: no puedo escuchar nada porque la humedad y las plantas parecen absorber hasta el aliento. El miedo se apodera de mí, fluye por mis venas; me controla y me inmoviliza para someterme.
De repente una mujer me llama, aunque no la he oído. La escucho desde mi interior mientras se aleja. Corro tras ella y ya no tengo miedo: solo quiero encontrarla. Empiezo a buscarla entre la maleza, entre las hojas y entre las ramas. Está muy oscuro y solo puedo ver verde. No sé dónde está, pero me sigue llamando. Su voz se desliza desde mi interior hacia las profundidades de la espesura.
-¿Dónde estás?, ¿quién eres? —grito hacia el vacío—. ¡Ven aquí, por favor! —le pido—.
Entonces siento el sutil roce de una especie de gasa volátil rozándome la espalda y me giro con él. Me parece distinguir su figura y echo a correr, pero no la alcanzo. Sigo su contorno, sigo su pelo, que se confunde con la gasa de su vestido, y ella también es verde, incluso su voz. Me envuelve con su perfume, con las telas de su vestido, pero yo no la alcanzo. Acelero cada vez más y ella extiende su mano hacia mí, sin girarse. Ya casi la tengo. Casi puedo rozar sus dedos... y desaparece. Freno en seco, observando la pared por la que se ha desvanecido. Ante mí se eleva un muro de hojas y enredaderas a través de las cuales se filtran finos hilos de luz. Doy un paso más hacia él, y sin saber cómo, lo atravieso. Ahí está.
Aguardando, perfecta, se enfrenta a la inmensidad del océano desde lo alto de un acantilado, muy cerca del borde. Su vestido acompaña a la brisa del mar en lo que parece una danza lírica en torno a sus piernas. Trepo por sus caderas y recorro su espalda con mi mirada. El viento ondea sus cabellos y deja entrever su cuello, por el que muero desde que vivo sin siquiera saberlo. Se mueve.
-¿A dónde vas? ¿Cómo te llamas?
Sin mirarme se desliza hacia el precipicio. Extiendo mi brazo rápidamente para impedírselo, pero no logro tocarla. Contemplo estupefacto cómo levita sobre el fondo marino, que ruge bajo sus pies, y mantengo mi brazo extendido, pero ahora no me atrevo a alcanzarla.
En ese instante se gira, poco a poco, etérea y diáfana, y veo, por fin, sus ojos. ¿La ves, lector? Es ella. Doy un paso al frente, la abrazo y, mientras me susurra su nombre, caigo al abismo. ¿Me seguirías para averiguarlo?