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15 de abril de 2015

De vuelta a los orígenes (y una sugerencia literaria)


 ¡Hola, compis aprendices!

Hoy quiero contaros una anécdota. Estos días estoy bastante sensiblona: ¡se acerca el día del Libro y con él el final de alaluzdelflexo.blogspot.com! Como esta es la última página de Mi cuaderno, quería escribir un relato con mucho mensaje, algo especial. Me puse manos a la obra y, partiendo de una idea muy buena (creo), llené tres páginas. Pensaba que sería uno de mis mejores relatos. ¿Y el resultado? Una gran caquita del whatsapp (:P).
Este fin de semana cuando lo terminé de escribir pensaba que era buenísimo. Llevaba semanas con la idea principal en la cabeza (quería jugar con la posibilidad de que Cupido pudiera tener un gemelo bastante desgraciado -digo... travieso-). Incluso había escrito una versión resumida que me gustaba. Pero claro, como estaba tan sensible por ser el último relato no me salió más que una ñoñada tras otra, así que cuando ayer me puse a CORREGIR y leí lo que en realidad había escrito supe que no era buen relato.
¿Y qué se puede sacar de esto? CORREGID. Hay una diferencia entre una persona que escribe y un escritor: la persona que escribe llena folios de letras; el escritor escribe, deja reposar y corrige hasta la saciedad.
Esto es algo que quiero incorporar a mis próximos proyectos. Confieso que yo no corrijo hasta la saciedad siempre. Pero sé que debería. Sí, las prisas, el tiempo, pensar que está perfecto nada más teclear el texto... Hay razones por las que no corregir, pero yo creo que hay que intentar ser humilde y responsable con la literatura. Probablemente no nos salga un Nobel a la primera (puede que nunca, hay que admitirlo), por eso hay que tratar de separarse del texto durante un tiempo proporcional a su extensión para, después de haber sacado a pasear al artista creador, dejemos espacio para el crítico objetivo. Son nuestros dos ayudantes y cada uno tiene su momento.

NOTA IMPORTANTE: primero el artista, luego el crítico. De la misma manera que hay que dejar espacio para el crítico después, no hay que dejarlo aparecer durante el proceso de escritura (se puede convertir en uno de los mejores agentes del bloqueo literario si se lo saca antes de tiempo).

Todo esto me ha recordado al primer relato que presenté a un concurso en mi instituto cuando tenía 12 años. Era de misterio y -espero- tenía gancho, pero he de confesar que me vi obligada a terminarlo con un final abierto porque ¡ni yo misma sabía cómo acababa! Si hubiese sacado a la pequeña crítica, lo habría visto enseguida. Justo después de presentarlo me di cuenta de que no estaba bien escrito porque por no saber, no sabía ni quién era el asesino, pero ya era tarde para retirarlo. Curiosamente, al parecer lo supe disimular bien porque quedé entre los primeros puestos, y para mí este relato siempre va a estar entre los primeros puestos de todo lo que yo escriba. No porque sea de los mejores que he escrito, sino por todo lo que aprendí de él. Fue entonces cuando me di cuenta de la importancia del crítico.
Por todo esto que me ha pasado y que me ha hecho echar la vista atrás, he querido compartir con vosotros este consejo literario. Yo no sé si tendré razón. Probablemente no. Cada uno tiene sus métodos, sobre todo en el arte (¿qué sería del arte si le ponemos cadenas?), así que hoy simplemente os cuento lo que a mí me funciona y espero que os ayude si sois escritores (o incluso productores de cualquier otro producto del arte en general: pintores, dramaturgos, directores de cine...). De hecho, he de confesar que yo misma me salto mis propias normas y métodos a veces -la semana pasada sin ir más lejos tuve que sacar a la crítica antes de tiempo para poder seguir con la creadora-.
Ya que estoy nostálgica os dejo a vuestra disposición un fragmento de ese primer relato del que tanto aprendí tal como lo escribí, y aprovecho para darle las gracias a esa niña de 12 años que un día se animó a escribir porque gracias a ella me picó el gusanillo. Espero que os sirva esta página de Mi cuaderno que ha sido algo diferente. Volver a los orígenes me ha parecido un buen final (aunque aún queda hasta el 23, ¿eh?) :)


-Solo los cadáveres soportan el ruido-

Pedro era un chaval de pueblo, un chaval típico de pueblo. No acostumbraba a meterse en líos, pero, de vez en cuando, se peleaba con otro muchacho que le sacaba de quicio. Ese otro chico se llamaba Miguel, y era un auténtico gamberro; se peleaba con otros chicos, era el tormento del profesorado y, además, cuando le tomaba manía a alguien como Pedro, no lo dejaba en paz hasta que conseguía su objetivo, sacarle de sus casillas. Esos dos chicos eran como los diferentes polos de varios imanes, se atraían, pero, una vez que estaban juntos no tenían el mismo efecto que el de los imanes.
Estos dos chavales vivían en un pequeño pueblo habitado por unas personas generalmente tranquilas y amables. El pueblo estaba en algún remoto lugar perdido entre la gran extensión de una montaña española.
Una noche en la que el silencio y la oscuridad reinaba en el pueblo, se oyó al abuelo de Miguel gritando en su casa, y además, un sonido infernal que hizo que todos los habitantes se llevaran las manos a las orejas intentando no oír, o por lo menos, suavizar el sonido. Miguel, impulsado por el amor que le unía a él y a su abuelo, se armó de valor y fue corriendo a ayudar a su querido abuelo. Para cuando llegó, era tarde, su abuelo había muerto.

(…)

En cuanto al caso de los abuelos sin resolver del todo, Pedro no le dio más vueltas porque pensó que pasarse la vida intentando resolver lo imposible, no era una vida, y tenía razón; pero Miguel, se pasó la mayor parte de su vida intentando descifrar el misterio hasta que se dio cuenta que hay cosas en la vida que es mejor no saber, pues no se le puede dar a un botón con el que borrar la verdad, que en algunos casos es mejor no conocer.
¿Sería este uno de esos casos? Nada ni nadie lo sabrá jamás, puede ser que la verdad fuese la esperada por las personas que hayan leído este relato, o no.
Fin


Y como veis, me quedé a gustico con el final :P Supongo que al jurado le resultaría gracioso xD


2 de abril de 2015

Entre luces y sombras


 -Entre luces y sombras-

—Baila conmigo.
Una figura se yergue ante ella y le tiende su mano, invitándola a bailar. A pesar de que las sombras no le permiten identificar el rostro de esa voz tan familiar se rinde ante la atracción que ejerce sobre ella y se levanta. Con un movimiento firme, casi agresivo, la aproxima hacia su cuerpo y atrapa su cintura con su brazo derecho, firme; la izquierda sostiene su mano y comienza el baile.
No hay música, solo oscuridad, el sonido de dos respiraciones y el reflejo de una mirada. Los pasos fluyen, su acompañante la guía con maestría; la mano sobre su cintura le indica qué hacer en cada momento: me desplazo hacia allá, ahora un giro, otro más....
De repente, el baile se vuelve violento. Los movimientos son cada vez más bruscos y las manos de la figura se convierten en garras que la oprimen.
—Más despacio, por favor -le pide-.
—¡Cállate!
Siente que se le hiela el alma. ¿Qué?
—¿Crees que no lo sé? -continúa la figura-. Solo eres un pedazo de carne sin vida. ¡No vales nada!
La obliga a girar muy rápido y la empuja sirviéndose del movimiento. Mientras ella sigue en el suelo, asustada, sisea:
—Levántate.
Como si se tratase de un imán, vuelve a las garras del animal, que se acerca a su oído y le susurra:
-No puedes esconderte. Todos saben lo que yo sé. Eres débil, no eres nadie, no vales nada. Tu existencia es tan solo una burla del universo.
—¿Quién eres? -pregunta ella, llorando-.
Su acompañante la inclina alcanzando un haz de luz y allí, entra luces y sombras, reconoce su propia imagen.


18 de marzo de 2015

Un haiku


 ¡Hola, aprendices!
Últimamente me ha dado por investigar géneros menos comunes para mí y maneras alternativas de escribir, y uno de mis hallazgos ha sido el haiku. “¿Y qué narices es un haiku?”, me pregunté yo. Pues se trata de un género lírico japonés que consiste en plasmar un sentimiento con gran sutileza y delicadeza en tres versos que midan 5, 7 y 5 sílabas, respectivamente, sin rima. Por lo que he leído, los japoneses lo comparan con una pequeña flor.
En esta ocasión me gustaría agradecer a Moha su colaboración. Por servirme de bípode y ayudarme a tomar las fotografías, y sobre todo por recordarme que la vida es intensidad; que si hay que subirse a una barandilla con una caída de 3 metros para hacer una foto, se sube; que si hay que esperar a que dos pájaros se posen juntos para conseguir la instantánea perfecta, se espera; que al fin y al cabo, somos coleccionistas de recuerdos e historias. Gracias, señorito.
Y aquí está mi intento de haiku:
Vuela el gorrión
allá alto sobre el cielo.
Y ya no vuelve.


    Como siempre, os espero en los comentarios, pero esta semana contestaré después del puente porque me voy de viaje. ¡Disfrutad mucho de este paréntesis vacacional! :)

    PD: ya que el texto es tan cortito, me gustaría compartir este monólogo. Es una escena preciosa, y me parece muy apropiada por aquello del día del padre:

https://www.youtube.com/watch?v=RAEB7HeNHEM



4 de marzo de 2015

Un poema dadaísta


¡Hola, compañeros!
Hoy vengo con algo diferente: la propuesta vanguardista de Tristan Tzara, el gran representante del movimiento dadaísta. Él propone en su poema Para hacer un poema dadaísta que para ello hay que recortar las palabras de un artículo de periódico, desordenarlas y copiarlas en el orden en el que salgan. Y eso he hecho.
Personalmente no soy una gran admiradora de las vanguardias. Considero que su valor yace en el hecho de cuestionar todo lo que hasta entonces se daba por sentado, pero la verdad es que no soy demasiado adepta a los resultados artísticos que obtienen. No obstante, desde que leí el poema de Tzara hace ya dos años y medio quería probar a ver qué salía. Y esto que os traigo es lo que ha salido: yo lo que he hecho ha sido coger un periódico y sacar los sustantivos que me parecían más impactantes y representativos de la actualidad de los titulares. No sé qué os parecerá, pero a mí me han impactado varias combinaciones de palabras que han salido al azar. A ver qué pensáis. Os espero en los comentarios:


-2 de marzo del 2015-

Cataluña Rajoy cárcel dron Internet trama Madrid
Alemania Barça Facebook dinero pérdida fallecidos
religión América derecho economía socialistas estadounidense
extranjero Oriol Madrid magistrado Berlín espías Andalucía Pujol
cobro diplomacia fuego Generalitat Justicia pago
carretera Bolsa mercado prisión Atenas EEUU LadyGaga
DiCaprio comisiones Rescate Brasil Ucrania PSOE directivos
PP Ancelotti Eurogrupo racional tensión muertos
banco Gobierno Rusia Grecia Oferta IRPF Podemos
Rihanna Alcaldía chantaje denuncia Ejecutivo bursátil
Bankia Mónaco Zuckerberg juez España Cuba personas
Castro Ciudadanos aparatos Tecnología conspiración violación.


18 de febrero de 2015

Como Estellés


 ¡Hola, aprendices!
¡Hoy empezamos el miércoles más que puntuales! Para el relato de esta semana tocaba ponerse ñoña con eso de San Valentín. La verdad es que no es una celebración que me entusiasme, pero tenía este relato pendiente desde hacía tiempo así que he aprovechado la ocasión para escribirlo por fin.
Os recomiendo leer antes el poema Els amants, de Vicent Andrés Estellés. Además de que creo que es un texto indispensable, construyo gran parte del relato sobre ese poema, así que si lo leéis entenderéis mejor las referencias que hago.
        Me gustaría hacer un breve paréntesis y daros las gracias a quienes sigáis leyendo mis relatos, en especial a una aprendiz que hoy mismo me ha comentado que una de las razones por las que se ha animado a retomar el hábito de la lectura ha sido este blog. Me hace muy feliz ser una pequeña parte de algo tan grande como eso. Gracias a todos los que os reunís conmigo a la luz del flexo.
        Sin más, os dejo disfrutar con mi poeta favorito, y espero que también un poquito con mi texto:

-Como Estellés-

Entró a la librería cavilando sobre sus personajes. Quería terminar el borrador de la primera parte de su novela esa misma noche y celebrarlo después con los versos de Estellés. Se dirigió a la estantería de literatura valenciana y comenzó a buscar.
—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó una voz suave.
—Estoy buscando Llibre de les meravelles, de Vicent Andrés Estellés.
—Ah, «no hi havia a València dos amants com nosaltres», ¿verdad? —dijo sonriendo de soslayo mientras empezaba a buscar el título.
No podía dejar de mirar a la librera que acababa de citar uno de sus versos favoritos. Se fijó en cómo sus rizos caían sobre su hombro izquierdo en una cascada azabache, en cómo fruncía sus labios y entornaba los ojos tras las gafas concentrada en la búsqueda. Sus ojos parecían estar hechos de tinta. El eco de la voz del poeta llenaba su mente de versos, de besos i arraps per terra. Ella daba vida al poema.
Cuando llegó a casa trató de trabajar en su novela, pero no podía pensar más que en ella. Acudían a su mente las palabras del valenciano en su boca, el recuerdo de su voz, de sus ojos, de la caída de su pelo hacia sus caderas... Escribió toda la noche, pero esa noche la escribió a ella.
Durante las dos semanas siguientes todo le recordaba a la librera. Su mente reproducía el timbre de su voz mientras leía a Estellés, las estanterías llenas de libros traían a su memoria su anatomía, cuando encontraba un texto que le gustaba se preguntaba si ella también lo habría leído y qué impresión tendría.
Un día buscó en Internet cualquier rastro que pudiera encontrar sobre ella. Estaba decidida a averiguar su nombre. Pasó horas tratando de encontrar alguna pista que pudiera llevarla hasta ese maldito dato, pero fue inútil: no había nada. Volvió a entrar decaída en la página de la librería y esta vez encontró algo que se le había pasado por alto antes: el viernes había una sesión de micro abierto para leer textos propios. ¡Ya está! Leería el texto que escribió esa primera noche.
Cuando llegó el día se pasó la mañana tachando, reescribiendo y volviendo a tachar. Andaba por su piso de un lado para otro repasando el texto una y otra vez, no pudo ni comer. ¿Funcionaría, le gustaría el texto? Se probó su falda favorita, después sus pantalones rotos, primero pelo liso, luego se lo rizó... Cuando por fin llegó la hora arrancó la hoja de su cuaderno, la metió en un bolsillo, tomó una gran bocanada de aire y salió.
Habían colocado unas pocas sillas en el centro de la librería. El ambiente era tranquilo y relajado, pero ella casi no podía respirar. La hoja de papel le temblaba entre las manos cuando veía que la librera se paraba a escuchar algunos de los textos que leían. Una de las veces la había reconocido entre el público y la había saludado desde lejos. Su turno era el siguiente. Cuando la llamaron y se puso de pie le falló la vista por un momento y todo se volvió negro, pero abrió los ojos, respiró hondo y caminó al frente. La buscó entre la gente, la miró un instante a los ojos y de repente el mundo no importaba, solo eran ellas, ellas y la literatura. Leyó:

«Como Estellés, yo no comprendo el amor de Bécquer.
Y como Estellés, tampoco comprendo el de Petrarca.
Comprendo el amor de un valenciano que no era amable, sino brusco y salvaje.
Comprendo que el amor, algunas veces, se hace mejor en el suelo,
y que la mejor de las noches es la que te roba el sueño.
Pero hoy no es el amor quien me quita el sueño porque no te tengo.
Ven conmigo. Citemos a Estellés esta noche».

Terminó y volvió a mirar a su librera. Ella bajó la mirada escondiendo una sonrisa. Sonrió de vuelta y caminó hacia ella.
— ¿Cómo te llamas?



21 de enero de 2015

Grito de guerra


¡Hola, aprendices!
Hoy os traigo una especie de ensayo que quiero dedicar a Marina, porque sabe hacerme reír y porque sabe hacerme pensar, algo que para mí no tiene precio. Espero que lo disfrutéis y, como siempre, os espero en los comentarios:

-Grito de guerra-

«Palabras, palabras, palabras»
Hamlet, W. Shakespeare

¿Sabes qué tienen en común cosa y te quiero? Significan lo mismo: todo, y nada. Cosa es un ejemplo clásico de lo que algunas gramáticas llaman palabras comodín. «Había muchas cosas en el desván». A mí me dicen eso y me asusto: ¿qué había allí, por Dios: herramientas, juguetes antiguos, cadáveres descuartizados en tarros...? Pues estas, amigos, son las palabras comodín.
Lo cierto es que son realmente cómodas. Solemos padecer de un cierto grado de horror vacui y cuando nuestra verborrea se ve frustrada por el desconocimiento de nuestra propia lengua recurrimos a ellas pateando el trasero del vasto léxico español. ¿O es que esta tarde no le contabas a tu amiga cómo el protagonista de la peli le decía un poema a la chica para conquistarla? No se lo decía: se lo recitaba.
De acuerdo, no somos diccionarios con patas y, según el registro de la lengua que estemos empleando, el hecho de que alguien te haya dicho un insulto en vez de proferírtelo tendrá más o menos importancia. Lo que sí me viene preocupando últimamente es el atentado que estamos cometiendo contra el te quiero: lo estamos convirtiendo en una palabra comodín —ya, técnicamente no es una palabra; lo tengo en cuenta—.
Tenemos la mala costumbre de decirlo cuando no sabemos qué decir; porque “pega”, porque es cómodo. ¿Cuántas sábanas retendrán aún el eco de un “te quiero” falso? ¿No quedaba bien decirle “te quiero” después de ese paseo por la playa? Pues no, no quedaba bien. A no ser que sientas algo parecido a lo que cantaba Elton John en Your song y que te vaya a durar más de unas dos semanas, créeme, puedes ahorrártelo. Si lo sientes, bien. Si no lo sientes, también; pero no caigamos en la hipocresía.
Más de una vez he tenido alguna crisis "artístico-lingüística": ¿qué valor tienen las palabras?, ¿de verdad importan?, ¿realmente se puede cambiar algo con ellas? En un mundo en el que los mensajes con más difusión están reducidos a 140 caracteres, faltas de ortografía incluidas, y en el que el adiós es la palabra inmediata al te quiero, no es descabellado plantearse estas cuestiones.
No obstante, suelo llegar a la conclusión de que mientras haya un solo loco que siga creyendo que sí, que las palabras aún pueden mover montañas, habrá esperanza. Mientras una lágrima siga escapándose por Helen Burns, habrá esperanza. Mientras un alma siga conmoviéndose ante la parálisis de Didi y Gogo, habrá esperanza.
Con cada te quiero vacío que pronunciamos le estamos arrancando su significado, su valor. Empecemos por salvarlo a él. Mimémoslo porque está enfermo. Vamos a devolverle su fuerza, y después sigamos con las demás palabras. Aún hay esperanza. Esperanza de acudir en su ayuda, esperanza de volver a creer en ellas, esperanza de salvar el valor de tu propia palabra. Empecemos una revolución.


7 de enero de 2015

Fénix


 ¡Hola, aprendices!
¡Hoy arranca el 2015 a la luz del flexo! Espero que no hayáis recibido mucho carbón y que este enero se porte bien con todos. Desde luego, el año nuevo viene cargadito de retos, pero no hay nada que la buena música, una taza de té y algo de literatura furtiva no pueda arreglar.
Para la página de Mi cuaderno de hoy —como me temía— he tenido que acudir al baúl de los recuerdos (¡uoh!) y rescatar uno de mis relatos para publicar a tiempo. En este caso escribí el texto a partir de la foto. Es una buena manera de inspirarse para escribir. Espero que os guste:


-Fénix-

“Habitación 609”: eso dice el epitafio de mi tumba. Me encuentro en la 609 de un hostal, buhardilla. Hace un frío de cojones; no he podido hacer nada con la puta gotera del baño, salvo colocar debajo uno de los vasos de eso que he decidido tomar por whisky. Creo que esta es mi tercera noche aquí, y digo noche porque durante el día corro las cortinas e intento dormir.
Hoy hay una orgía en mi cama. El señor tequila, el señor vodka, tú y yo nos lo estamos pasando de puta madre. Acabamos de despedirnos de Hada, que tenía que trabajar y nos ha dejado sus polvos mágicos. ¿He dicho que tú estás aquí? Bueno, de alguna manera sí; tu recuerdo es ahora mi fantasma. Además, esta noche tenemos un juego muy divertido: se llama “bebe en línea”. Consiste en que cada vez que te veo en línea y me ignoras, chupito, y el que se la pille más gorda, gana. Se me da muy bien.
En realidad, a veces tengo un poco de miedo. No nos reconozco en el espejo. A ti te busco y ya no te encuentro, y yo... Yo no soy eso que me mira con ojos rotos y vacíos. Algunos arañazos se marcan en la piel de ese cuerpo lánguido que veo enfrente: son el castigo de la bestia que en ocasiones reclama tu olor. Mi lengua solo reconoce el sabor de la botella de 4, mi olfato ha aprendido a ignorar los olores mugrientos e inmorales del ambiente, y mis oídos se drogan con esa canción. Mi piel siempre está fría. Tengo la sensación de que me expulsaste del País de las Maravillas, y de que yo ya no sé volver. Ahora solo puedo esperar a consumirme con las cenizas de mi cigarro.



10 de diciembre de 2014

Pide un deseo


-Pide un deseo-

—¡Pide un deseo, Carlitos!
El niño cerró los ojos con tanta fuerza que su cara entera se arrugó como si fuera un garbancito. Tenía claro lo que quería: «¡un avión, un avión, un avión!». Abrió los ojos y sopló las velas.
—¡Venga, venga, que ahora vienen los regalos!
Carlitos esbozó una gran sonrisa mellada y buscó con la mirada algún paquete que fuera lo suficientemente grande como para contener su avión, aunque todos parecían demasiado pequeños. Estaba convencido de que entonces su avión sería plegable —por lo que molaría mucho más—, así que se apresuró a abrir todos los regalos... Pero no encontró ningún avión.
Se fue a jugar de nuevo con sus amigos arrastrando los pies y cabizbajo, pero su abuelo lo agarró del brazo un segundo y le dijo:
—Haz que se haga realidad, Carlitos —Y miró hacia la pila de cajas vacías que habían quedado de los regalos.
Al nene se le iluminó la cara al entender la idea de su abuelo. ¡Iba a construir un avión! Carlitos pasó la tarde de su octavo cumpleaños construyendo con sus amigos el mejor avión de todos. Buas, molaba un montón. Tenía de todo: la hélice, las alas, el motor, los mandos de control, la cabina del piloto... Todos lo pilotaron y se lo pasaron en grande.
Esa noche los padres de Carlitos se quedaron recogiendo el salón hasta tarde. Había que retirar la mesa, barrer, ordenar los muebles... También tuvieron que despegar dos trozos de cartón pegados a cada lado de una de las sillas. Se rieron al recordar cómo el niño, emocionado, había pronunciado su deseo en voz alta y cómo había captado la idea de su abuelo para que construyera su avión con el cartón. Había sido un día memorable.

(…)

—¡Pide un deseo, Carlos!
Carlos cerró los ojos y pensó «quiero aprender a tocar la guitarra, quiero aprender a tocar la guitarra». Abrió los ojos y sopló las velas.
—¡Bien! ¡Felicidades! —gritaron todos al unísono.
—Toma, hijo, feliz cumpleaños.
Su madre le dio 50 euros. Perfecto, así podría salir las próximas cuatro semanas sin problemas. Metió el billete en su bolsillo, cogió el abrigo y se despidió de todos. Había quedado para celebrar el cumpleaños con sus colegas. Antes de salir su abuelo lo agarró del brazo un segundo y le dijo:
—Haz que se haga realidad, Carlitos.
Carlos esbozó una media sonrisa a su abuelo y se fue a reunirse con sus amigos. Por el camino pasó por una tienda de música y se paró pensativo ante el escaparate. «Oferta: guitarra clásica y funda por 48€». Se metió la mano en el bolsillo y tocó el billete, pero si gastaba ese dinero ahora no tendría más para pagarse la entrada del cine, ni para el resto de salidas del mes, así que retomó su camino y se encontró con sus amigos.
Estaba intranquilo en la cola del cine. La taquilla ya estaba cerca y no dejaba de pensar en la guitarra que había visto en la tienda. Uno de sus amigos le preguntó:
—Tío, ¿qué te pasa? ¿Seguro que quieres que entremos al cine?
Carlos les propuso ir a tomar algo en lugar de meterse a la película. Gastó 1'5€ y se lo pasó en grande charlando con sus colegas y contándoles que por fin pensaba aprender a tocar. A la vuelta entró en la tienda de instrumentos y se compró su guitarra, su funda y una púa. Ese mes Carlos no salió, pero cuando volvió a ver a sus amigos ya podía tocarles el cumpleaños feliz sin mirar la tablatura.

(…)

—¡Pide un deseo, Carlos!
Carlos cerró los ojos y no pudo evitar pensar en ella. Abrió los ojos y sopló las velas.
—Feliz cumpleaños, hijo.
Fueron juntos al sofá y su madre aprovechó para sacar el álbum de fotos familiar. Vieron las fotos de su octavo cumpleaños, las de su primera actuación, las de su graduación en el instituto, las de los primeros años de universidad... Carlos recordó lo fácil que era ser feliz antes, cuando era capaz de construir el mejor avión de todos en una tarde o cuando se pasaba días enteros en su cuarto tocando hasta que sus dedos le dolían. Ahora pasaba las horas en una oficina deseando que llegara el fin de semana para poder hundirse en su carísimo sofá de piel viendo su carísima televisión LED Curve mientras no pensaba en María. Si tuviera el valor de recuperarla... En ese momento apareció una foto de su abuelo y recordó lo que le decía cada año:
—Haz que se haga realidad, Carlitos.
Carlos sonrió. «Gracias, abuelo», pensó. Agarró su chaqueta y salió de casa.




26 de noviembre de 2014

Curvas peligrosas


 ¡Hola, aprendices!
Tenía muchas ganas de escribir este relato. Llevaba unos meses rumiando la idea, pero aún no había encontrado la manera de expresar lo que quería. He tenido que ingeniármelas para encontrar la técnica apropiada para narrar esta historia, y espero que haya conseguido algo decente al menos. Comentad si os ha gustado o no el estilo, la historia..., ya sabéis que ando por los comentarios. Ojalá os guste:


-Curvas peligrosas-

«Loving him is like driving a new
Maserati down a dead end street»
Red, Taylor Swift

Sus manos estaban muy cerca, así que alargó un meñique furtivo hasta rozarla. No podía respirar mientras el brillo famélico de sus ojos delataba el objeto de su deseo. Aprovechando el desconcierto que había provocado en ella, deslizó suavemente la yema de su dedo hacia su muñeca, describiendo lentamente una línea sinuosa sobre su piel. Cuando comenzó a sentir que su respiración se aceleraba con ella mientras introducía sus dedos por debajo de la manga de su jersey, agarró con fuerza su muñeca estirando hacia ella. Era suya.
Era suya. Esa máquina era suya. Cuatrocientos cincuenta caballos la esperaban frente a la puerta de su garaje, impacientes por rugir. Deslizó su mano sobre el amarillo giallo granturismo del capó mientras recorría con la mirada la V que desembocaba en la calandra de su nuevo Maserati GranCabrio. Avanzó hacia la puerta del descapotable disfrutando de cada minucioso detalle del coche y entró en él. El abrazo del cuero negro la recibió en su interior. Era adicta a su olor.
Era adicta a su olor. La respiraba mientras se dirigían hacia la cama a trompicones, intentando satisfacer la urgencia de la piel con labios, uñas y dientes. Mientras le apartaba el pelo para poder besar su cuello, recorría con su izquierda las curvas peligrosas de su cuerpo. Desabrochó su falda con mano experta y la arrastró hacia abajo, poco a poco, para luego recorrer el camino por la autopista de sus medias dirección sus labios. No podía esperar.
No podía esperar. Pulsó el botón Sport del salpicadero y activó el manual. El cabriolé rugió ante la presión sobre el acelerador y los rápidos cambios de marcha. El viento, la velocidad, la potencia del motor en sus manos... Cada curva aceleraba su ritmo cardíaco en una mezcla de rapidez, adrenalina y éxtasis. Solo faltaba una cosa: la música perfecta.
Solo faltaba una cosa: la música perfecta. Se levantó hacia el equipo de música y los acordes de Red llenaron la habitación. Al volver a la cama se tumbó junto a ella, frente a frente. Las piernas de una se perdían en las de la otra. Le apartó una mecha de la cara y besó su frente.
—Te quiero —dijo mirándola a los ojos.
Ella bajó la mirada.
Ella bajó la mirada. La doctora parecía tratar de buscar entre los azulejos del hospital cualquier eufemismo que aliviara a un padre que podría perder a su hija:
—Todavía no estamos seguros. El golpe ha sido muy fuerte. Tendremos que esperar los resultados de las pruebas.
Estaba inconsciente en la camilla. Era una sensación extraña. En su cabeza se repetían una y otra vez las imágenes del accidente: cómo perdió el control del coche al buscar el disco en la guantera, cómo trató de tomar la curva cuando ya era demasiado tarde, cómo gritaba «¡gira, gira, gira!» sin obtener respuesta... El Maserati había quedado destrozado y ella se encontraba en estado crítico. 
Esa curva era de hecho peligrosa, casi tanto como decir te quiero.


12 de noviembre de 2014

Hasta que se demuestre lo contrario


¡Hola, aprendices!
Hoy os traigo un relato cuyo proceso de escritura fue muy divertido. Espero que os animéis y me contéis vuestra opinión:
-Hasta que se demuestre lo contrario-

Cuando cree estar sola abre sus piernas y lo recibe entre sus rodillas. Necesita acomodarlo sobre su esternón, justo sobre la línea que asciende desde el escote, para poder mantener el equilibrio. Sólo cuando sus cuerpos se han fundido en uno, comienza el movimiento.
Ella marca el tempo a piacere: lento, andante, allegro, prestissimo… Todo su cuerpo es partícipe del ritmo que arranca desgarradores gemidos a su acompañante y, sin embargo, son sus manos las principales culpables de tal estruendoso recital. La izquierda recorre su mástil rápida y precisa ejecutando cada cambio de posición elegantemente, acariciándolo. Mientras tanto, la derecha atraviesa su cuerpo en perfectas perpendiculares, más o menos agresivas según la intensidad del éxtasis.
A veces él roza, accidentalmente, el lóbulo de su oreja izquierda. Es entonces cuando ella constata que ha llegado el final, que el cansancio de tan vehemente actividad comienza a hacerse notar, y se separa de él.
Yo disfruto mirando. Aunque sé que lo detesta, adoro espiarla desde la cocina mientras toca su violonchelo.


29 de octubre de 2014

Halloween


Mis garabatejos :)                               

¡Buenas noches, aprendices!

Hoy traigo algo muy distinto a lo usual, y es que la página de hoy está en inglés. Sí, sí, in inglis. ¿Por qué? Pues veréis, quería escribir algo “halloweenesco”, que el 31 de octubre está muy cerca. ¿El problema? No me salía nada. Bloqueo total.
Ya que ando algo escasa de musas últimamente, busqué la tan codiciada inspiración en la película The Nightmare Before Christmas (1993) —Pesadilla antes de Navidad, para los amigos hispanohablantes— y la vi en inglés. Dando vueltas y vueltas al tema se me ocurrieron varias ideas —imágenes más bien— e intenté componer algo con ellas, pero tampoco.
Una de mis técnicas para escribir es hacer esquemas —sí, lo sé, es una innovación tremenda— y lo curioso es que los hice en inglés esta vez. “Underneath your bed, hell, black ink, pain and torture....”, poco más. Intenté escribir de nuevo y no salió nada hasta que, con la tontería, empecé: “Underneath your bed something drives you insane”. Y entonces sí funcionó.
No sé si será porque vi la película en inglés, por los esquemas o porque en mi cabeza Halloween y la lengua inglesa están tan intrínsicamente unidos que hasta que no la empleé, no salió nada, pero de cualquier manera, aquí está el resultado.

AVISO: el inglés no es mi lengua materna y el propósito de este relato/poema (no sé ni lo que es) ha sido puramente hedonista. Perdóname, gramática inglesa, pero Halloween es para hacer travesuras, ¿no?
Aquí puede consultarse una traducción de estar por casa para aquellos que prefieran leer en español :)


-Welcome to Sinners' Land-

Underneath your bed
something drives you insane.
You don't know what is there.
Doesn't mind, you don't even dare.

A ghostly breath. Must be wind.
A cat's snort? What's beneath?
In the blink of an eye you find yourself in black.
You're surrounded. Fog, shadow, darkness. You're all in despair.

You cannot run, you can't escape.
It is too late. I wait you in hell.
Screams, torture and pain.
Fire, demonds and death.

Welcome to Sinners' Land.
Join our hopeless fate.

'The tattooist', they say,
when they call me by my name.
My alive designs under your skin
will destroy you, oh, that's my black ink.

You cannot run, you can't escape.
It is too late. You are in hell.
Screams, torture and pain.
Fire, demonds and death.

Welcome to Sinners' Land.
Join our hopeless fate.


                                
Feliz terrorífico Halloween, os espero en los comentarios :)





Traducción de Welcome to Sinners' Land


 Humilde traducción de Welcome to Sinners' Land:


 -Bienvenido al País de los Pecadores-

Debajo de tu cama
algo te está sacando de quicio.
No sabes lo que hay.
No importa. Ni siquiera te atreves a mirar.

Una respiración fantasmal. Debe de ser el viento.
¿El bufido de un gato? ¿Qué hay debajo?
En un abrir y cerrar de ojos estás sumergido en negro.
Estás rodeado. Niebla, sombra, oscuridad. Estás desesperado.

No puedes correr, no puedes escapar.
Es demasiado tarde. Te espero en el infierno.
Gritos, tortura y dolor.
Fuego, demonios y muerte.

Bienvenido al país de los pecadores.
Únete a nuestro destino sin esperanza.

'El tatuador', eso es lo que dicen,
cuando me llaman por mi nombre.
Mis diseños vivos bajo tu piel
te destruirán, esa es mi tinta negra.

No puedes correr, no puedes escapar.
Es demasiado tarde. Estás en el infierno.
Gritos, tortura y dolor.
Fuego, demonios y muerte.

Bienvenido al país de los pecadores.
Únete a nuestro destino sin esperanza.


15 de octubre de 2014

La caza del lobo

 ¡Hola, aprendices!
A ver si sois capaces de decirme en qué cuento me he basado para escribir este relato. Va, que no es difícil. Os espero en los comentarios, ojalá os guste:


-La caza del lobo-

—Eres preciosa. No puedo dejar de pensarte ni un segundo: me paso los días esperando la próxima vez que pueda mirarte a los ojos y cogerte de la mano...
—¡Bah, eres un cuentista! —dijo riéndose, alegre.
—¡Es cierto! No entiendo qué me pasa contigo, pero no puedo evitarlo. Gracias por esta noche... Hasta la próxima, espero —La besó e hizo el ademán de marcharse.
Embriagada por las reminiscencias de una velada perfecta, el sabor del chocolate en la boca y esa mirada, su corazón se rindió ante la sinfonía de dichas palabras. No quería separarse de él:
—¿Quieres subir? —preguntó, titubeante.
—De acuerdo. — Lo había conseguido.
Rozando el alba, ya cansada, apoyó la cabeza sobre su torso y lo abrazó. Segura, enamorada, feliz, le dijo:
—Qué ojos tan bonitos tienes.
—Son para mirarte mejor —respondió él.
—Qué nariz tan perfecta tienes.
—Es para olerte mejor —dijo inclinando su cabeza hacia su pelo.
—Qué labios tan dulces tienes.
—Son para besarte mejor —afirmó antes de darle un beso en la frente mientras ella escuchaba los firmes latidos sobre su pecho.
—Qué corazón tan fuerte tienes.
—Es para quererte mejor. —Y en sus ojos brilló un destello famélico y feroz.

1 de octubre de 2014

Albatros


¡Hola, aprendices!

Hoy os traigo un nuevo relato. Espero que os guste y, como siempre, os espero en los comentarios atendiendo a vuestras opiniones y sugerencias. Ahí va:

-Albatros-

Cuenta la leyenda que allá, en lo alto de esa colina, solían despedirse dos amantes. Cada invierno él se enrolaba en un barco mercante. Era poeta. Ella lo esperaba allí donde se habían separado velando por su regreso y susurraba al mar plegarias, palabras de amor y de amargura. El marino las sentía en el viento y así, anhelantes y enamorados, sobrevivían hasta que el albatros lo traía de vuelta... pero un año el ave marina ya no le devolvió a su poeta.
El pueblo vistió el luto. Su padre, su madre, amigos..., todos trataron de hacerla volver a casa, pero ella jamás se marchó. Los días, las semanas, los años pasaron y ella lloraba y lloraba frente al mar implorando al albatros. Su piel se oscureció y se cuarteó, su pelo creció y se enredó en la hierba. De este modo, poco a poco, se enraizó en lo alto de la colina, y ya nunca pudieron arrancarla de allí.
Las gentes se preguntaban adónde habría ido aquella mujer y cómo había aparecido allí ese sauce. Nunca se acercó nadie; decían que estaba maldito. Moriría por sí solo porque no tenía agua suficiente para sobrevivir, pero ella lloraba y lloraba frente al mar implorando al albatros, por lo que sus lágrimas se convirtieron en alimento mientras esperaba a su poeta.
Cien años pasaron hasta que cesó su llanto, y fue entonces cuando una tormenta quebró el tronco seco del salce, que cayó astillado, exhausto, rendido. Esta vez nadie vistió de negro. Ya nadie recordaba a los amantes que solían despedirse allá en lo alto de esa colina. Ya nadie recordaba a la mujer que esperó y esperó hasta convertirse en saz. Nadie salvo un albatros, que derramó una lágrima sobre el corazón roto del sauce y levantó su vuelo para narrar esta historia a los navegantes de alta mar.


17 de septiembre de 2014

Laocoonte, sus hijos y yo


¡Hola, aprendices!:

Esta semana os traigo un relato basado en la escultura “Laocoonte y sus hijos” y el mito que hay detrás de tan imponente obra. Siempre me ha suscitado algo. La considero una escultura bella, potente, sublime. Me inspira.
Decidí investigar sobre quién era Laocoonte, y así fue cómo descubrí que era un sacerdote troyano que advirtió a los mismos de que no aceptaran el famoso caballo, ya que podía tratarse de una trampa del astuto Ulises. Por una serie de razones, esto encolerizó a Atenea, por lo que envió a las serpientes. Los troyanos aceptaron el caballo pensando que si no lo hacían también serían castigados, y así cayó Troya. ¿Interesante, verdad?
Espero que os guste mi reescritura de una parte del mito. Os espero en los comentarios:

-Laocoonte y sus hijos-

Laocoonte auguraba su destino. Entre gemidos y fríos sudores escuchaba la voz de la diosa Atenea. Estaba furiosa y su inquina se confundía entre letales siseos. El sacerdote presentía el avance viscoso de las serpientes sobre el agua, el imparable reptar hacia sus presas, sus afilados colmillos supurando veneno, sus ardientes ojos sedientos de muerte... Pero no era solo una intuición.
El aullido desesperado de su primogénito lo arrancó de las garras de Morfeo y se precipitó hacia el aposento de sus hijos. La trágica escena sumió al padre estremecido en un profundo horror. Laocoonte presenció a sus niños cubiertos de sangre tratando de escapar del abrazo de los ofidios y contempló las manchas negras de ponzoña en sus carnes, que estaban siendo desgarradas por los reptiles entre gritos de terror y súplicas de clemencia.
–¡Padre, ayúdame! –chilló el menor alargando la mano hacia su padre e intentando clavar sus pequeñas uñas en el frío mármol.
Laocoonte, ciego de ira y dolor, se abalanzó sobre las serpientes con la única ayuda de sus propias manos. El hombre contra las bestias. Una batalla digna y sublime. Cada músculo, cada fibra, cada tendón en tensión participaban en la agonía de un padre que, en su interior, sabía que sus pequeños perecerían con él.
El humano intentaba desprenderse de los anillos escamosos con gran fuerza y valentía, el sacerdote imploraba la intervención divina, pero no habría ayuda ni nepente para él y los suyos, y Laocoonte bramó a los cielos cuando el veneno se inyectó por fin en su costado izquierdo. Con la mirada perdida en la inmensidad del celeste y una lágrima hecha de honor y tormento, el padre se desplomó sobre sus rodillas, rendido y rodeado por los cadáveres de sus hijos. 
Antes de la completa expiración de su existencia, su asesina reptó por su cuerpo, lenta, fría, maligna, y le susurró al oído:
–Troya caerá con vosssotrossss.
        Y, así, murió Laocoonte.




3 de septiembre de 2014

Anagrama de amor


 ¡Hola, aprendices!

Hoy os traigo el fragmento de un relato reciclado. Su versión extendida se titula “Y para ti, la lluvia”, y ya que ayer septiembre nos regaló una tormenta nocturna y el placer de dormirse escuchando el sonido de la lluvia, he decidido publicarlo hoy.
      Es un relato al que le tengo especial cariño por todo lo bueno que me ha traído. Lo presenté hace un par de años al concurso literario de mi instituto y quedé primera, pero no fui la única. Tuve el honor de compartir posición con la que considero una gran escritora y, a partir de entonces, amiga, Carlota I. Lifante Baeza, que presentó su magnífico relato "El hombre que detectaba el aliento de un corazón". Así que ya veis, gané mucho más que un concurso con este relato.
     Esta versión es uno de mis fragmentos favoritos del texto. Ya que no está entero y el final no es el mismo, titularé esta versión “Anagrama de amor”. Espero que os guste:


-Anagrama de amor-

Un café dio paso a una tarde en el cine; una tarde en el cine, a una cena ; y una cena, a un beso. Un beso bajo la lluvia, que había marcado ese invierno con su frío aliento. Fue tan sencillo y a la vez tan complejo como el agua que se evapora del mar hasta finalmente formar grandes nubes en el cielo: simplemente fluyó hasta que alcanzamos un estado de ingravidez tal como el de las nubes, y ahí, flotando, le dije por primera vez que la quería.

Empezó entonces la mejor época de mi vida. Cada día con ella era una aventura nueva. Descubría lugares que no conocía de mi propia ciudad, aprendía de sus historias, de su forma de mirar el mundo, de su forma de sentir...

Recuerdo especialmente aquel onírico verano de 2012. Fuimos de  vacaciones a Roma. El hechizo de su voz, de sus ojos y su pelo brillando bajo la luz del sol dorado, el encanto de la ciudad... No podía ser de otra forma allí, en Roma. Cada tarde caminábamos tanto  como nuestros pies podían soportar mientras veíamos las emblemáticas construcciones romanas o disfrutábamos del mejor gelato que la ciudad nos ofrecía, y sin embargo, lo mejor de aquel viaje fueron, sin lugar a dudas, las noches. Pasamos todas y cada una de las noches sin dormir: hablando. Hablamos con el cuerpo: con las manos, con los labios, con la piel... , hablamos con palabras: hablamos de arte, de viajes, de filosofía, de música, de amor... Me sentía como el sultán Shahriar cuando ella hablaba, cuando hablaba mi propia Sherezade... Para mí, Roma con ella era el anagrama de amor.


Espero que os haya gustado y, si os animáis a comentar, responderé lo antes posible :) Como dije en Y llegó septiembre, retomaré el calendario de publicación habitual dentro de poco. Hasta entonces, aprendices. Un abrazo.


22 de agosto de 2014

El viejo carpintero y la joven de ojos tristes III


 ¡Hola, aprendices!
Disculpad, disculpad, disculpad el retraso, pero hoy POR FIN publico el desenlace de “El viejo carpintero y la joven de ojos tristes”. Esta es la parte en que creo que la verosimilitud flojea. Como excusa me refugio en que se trata de ficción, pero la verdad es que prefiero hacer relatos algo más verosímiles dentro de la ficción. Ya me contáis vuestra opinión en los comentarios. Aún así, me llevo algo muy positivo de esta última parte y es que tuve que hacer toda una investigación sobre vocabulario referente a las puertas; se aprende mucho escribiendo. Espero que lo disfrutéis:

-El viejo carpintero y la joven de ojos tristes III-

Al salir de su ensimismamiento y volver a ver a la joven de ojos tristes que capturaba puertas, Martín pensó que esa chica necesitaba aprender a mirar. Cuando Eva le enseñó a hacerlo, él no solo descubrió una flor y una sonrisa: Martín aprendió a reparar en las cosas bellas de su entorno, y desde entonces, nunca más necesitó una escapatoria porque siempre supo encontrar algo maravilloso a su alrededor.
Día tras día la joven de ojos tristes vagaba por el pueblo sin rumbo, con la vista perdida y deteniéndose para retratar los detalles de algunas puertas: los herrajes de esta, la cerradura de esa, el dintel de aquella... Y Martín se sentía inquieto. No quería inmiscuirse en la vida de aquella joven. ¿Qué derecho tenía? ¿Por qué iba a escuchar a un viejo que no tenía nada que ver con ella? Sin embargo algo le decía que debía ayudarla. Él sabía qué necesitaba y podía enseñárselo, pero ¿cómo hacerlo sin tomar contacto directo con ella? Martín encontró la respuesta durante la quinta noche de insomnio que había pasado desde que la vio por primera vez: una puerta.
Se levantó de la cama y trabajó durante toda la noche. Las manos del maestro acariciaban los nudos y las vetas disfrutando del reencuentro. Lijó, fresó y rebajó el tablero para crear la impresión de que la puerta estaba compuesta por cinco largueros. A golpe de formón y martillo astilló la madera y la cubrió después con betún de judea. Instaló el ojo de una cerradura e instaló encima un tirador de hierro sencillo que formaba un ángulo de unos cuarenta y cinco grados. Más tarde construyó la estructura del marco de la puerta, muy simple: un dintel y dos jambas de lo más sencillo que se erguían sobre una base con la ayuda de varias piezas que permitían su equilibrio. Por último, antes de unir la puerta al marco mediante las bisagras, grabó a fuego sobre el quicio las palabras «Mira lo que ves. Bienvenida a tu vida».
Con las primeras luces del alba transportó la estructura hasta la plaza, la colocó cerca de su banco y se marchó a casa a descansar. Sabía que la joven de ojos tristes no la vería hasta la tarde. A las siete llegaron ella y su mirada perdida, pero esta vez sus ojos, por primera vez en mucho tiempo, se fijaron atentamente en algo, perdiendo ese acostumbrado matiz de tristeza. La joven estudió la puerta, asombrada. ¿Quién la habría hecho, por qué? ¿Era para ella? Miró a su alrededor y no vio más que al viejo del banco y al camarero del bar recogiendo las mesas de la terraza. Martín disimuló con su novela mientras era observado y luego siguió contemplando la escena. La joven leyó el grabado y se atrevió a entornar la puerta. Cuando hubo visto que podía abrirse totalmente, respiró hondo y cruzó el umbral. Desde la distancia, Martín fue capaz de distinguir el destello amarillo que desprendieron los ojos marrones de la joven. Eva...

Fin

6 de agosto de 2014

El viejo carpintero y la joven de ojos tristes (II)


¡Hola, aprendices!
Hoy retomo el relato de “El viejo carpintero y la joven de ojos tristes”:

-El viejo carpintero y la joven de ojos tristes II-

Recordó en ese momento el día en que conoció a Eva. Se sentía ahogado y acorralado en el pueblo, presionado por su familia, perdido. ¿Realmente quería trabajar en el taller de su padre? Desde niño le habían enseñado los secretos de la carpintería, y en realidad le encantaba, pero, como a todo joven de veinte años, la perspectiva de tener toda su vida ya organizada le agobiaba. ¿En eso consistiría su vida? El mismo pueblo, el mismo oficio, la misma gente... ¿Y la aventura, y la libertad, la belleza, el amor? Decidió ir a la isla para despejar su mente, y allí la conoció.
Paseaba cabizbajo entre los matorrales del terreno isleño cuando escuchó aproximarse los pasos de un extraño. Al levantar la cabeza encontró los ojos marrones de una sirena. La joven le dijo “hola”, y con eso bastó. Charlaron durante horas —y podrían haberlo hecho durante semanas—: qué haces aquí solo, de dónde eres, por qué te agobia el pensar que vas a ser carpintero... La voz de Eva fluía, cautivaba y atrapaba a Martín, que en un par de horas se había abierto a una desconocida como nunca antes lo había hecho. De repente la joven se agachó y, señalando uno de los matorrales, dijo:
—¿Habías visto esta planta antes, cuando caminabas solo? Es mi flor favorita. La llaman escarcha, por las gotitas de agua. Lo que más me gusta de ella es que es tan pequeña y discreta que desde lejos casi nadie repara en ella, pero cuando te acercas es tan bonita... Hay que saber mirar bien para encontrarla; no basta solo con ver.
Efectivamente, mientras se inclinaba sobre la planta Martín no vio más que un matorral, pero conforme se acercaba empezó a distinguir las tonalidades purpúreas estivales de las hojas, los delicados capullos, alguna de las flores y, sobre todo, lo que hacía de esta una obra maestra de la Naturaleza: las pequeñas gotas de agua condensada que reposan sobre la pared vegetal. ¿Cómo no la había visto antes? Al levantar la vista para devolverle la sonrisa a su peculiar acompañante supo mirarla y descubrir los destellos amarillos que irradiaban sus ojos, su luminosa sonrisa y esas ojeras que a ella le parecían tan pronunciadas y que a él le parecían simplemente perfectas. En ese momento Martín entregó su corazón a la sirena que unos años más tarde se convertiría en su esposa, amada, y en la que encontraría más aventura, libertad, belleza y amor de lo que jamás hubiera podido soñar.